LA CIUDAD SUMERIA DE UR:

Cómo la Arqueología convirtió una cita bíblica en una realidad tangible.

 

 

 

 

Luego, desenterrando el foso que se extendía hacia la izquierda, halló a diez mujeres yacentes, con ricos collares de cuentas y tocados de oro (fig. 16), lapislázuli y cornalina, iguales a los recuperados en el PG 789. Una arpista tañendo un bellísimo instrumento (fig. 17) musical adornado con la cabeza de un toro de oro, sin cuernos, con flequillo y barba de lapislázuli[14].

Las damas se habían colocado ordenadamente y algunas tenían las caras giradas hacia otra de las mujeres, lo sugiere que la muerte les llegó de manera plácida, incluso les sorprendió en plena conversación[15]. Todas lucían espectaculares aderezos de oro, electro, plata, lapislázuli y otras piedras semipreciosas, en las cabezas; collares en las gargantas y anillos en los dedos[16].

 

Figura 16. Aderezo de Dama

Figura 17. Arpa de oro y su estado en excavación

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Figura 19, Lanzas de electro

Figura 24, Vaso de electro

 

Figura 25, Joyas de la Reina Pu-Abi

(AMPLIAR)

 

Absolutamente todos los esqueletos humanos tenían una copa, de mejor o peor calidad, muy ceca de él. Veinticuatro personas, a parte de Pu-Abi, se inmolaron en aquella siniestra ceremonia. El arqueólogo volvió sobre sus pasos y retomó la búsqueda en el ala derecha de la tumba.

Después del trineo estaban los restos muy mal conservados de un gran cajón de madera, rodeado de infinidad de recipientes y otros objetos de oro, plata, cobre, piedra y otros materiales (fig. 18 y 19), así como más de quince preciosos vasos de plata soldados entre sí por la corrosión[17] (fig. 20).

Pasado este amontonamiento de piezas vio los restos de un tabique, casi arrasado, que formaba una cámara rectangular como la de la PG 789. Estaba, por fin, en el lugar preferente de la tumba, también inviolado, donde ansiaba encontrar a su propietario.

Figura 20, Copas de Plata

 

Cuando Woolley llegó hasta el esqueleto, lo encontró, dentro de lo que pudo ser un ataúd, en po022sición de decúbito supino, y descubrió sobre su cráneo, pulverizado por el peso de la arena y los cascotes caídos del techo, un aderezo femenino (fig. 21) muy similar a los ya encontrados, aunque en este caso sobrepasaba a todos en volumen y magnificencia.

¡La tumba pertenecía a una mujer!, a quien habían adornado con la joyería más fina encontrada en la necrópolis real. Los adornos de su cabeza (fig. 22) fueron elaborados con centenares de piezas.

Tiras de oro laminado se envolvieron varias veces alrededor de sus cabellos y, sobre ellas, en la parte superior de la cabeza, llevaba una diadema formada por cuentas de lapislázuli y cornalina, que se alternaban con florerillas de teselas individuales engastadas en oro.

Figura 22,  Adornos pertenecientes a la reina Pu-Abi

 Por debajo de esta primera tiara tenía otras tres: una, compuesta por hojas de lámina de oro cuya forma recuerda mucho a las del cannabis[18];

Otra, con doble hilera de hojas de haya, independientes entre sí y de lamina de oro, y una última formada por una sucesión de grandes aros tintineantes sobre la frente, también de oro.

Una imponente peineta de una sola púa se hincaba en el pelo sobre la parte posterior de la cabeza, coronándola con siete flores de ocho pétalos cada una, todo elaborado en oro. Completando aquella magnificencia, un par de enormes pendientes de oro en forma de doble media luna hueca traspasaron sus orejas, aliviándolas de tanto peso mediante una especie de cadena de espirales de oro, sujeta en su día a la diadema o al pelo.

Figura 23, Vista  frontal de la corona

La esposa de Woolley recompuso el espléndido tocado sobre un busto (fig. 23), componiendo una imagen muy bella que, aunque la reconstrucción hoy no se tenga por buena y se haya rehecho siguiendo los patrones estéticos mejor preservados en el resto de las mujeres[19], será por siempre la imagen representativa de la intervención arqueológica en Ur. Woolley apreció que la mujer parecía sostener aún en su mano un impresionante vaso de oro (fig. 24)[20]. Su torso estaba literalmente sepultado bajo una masa de cuentas de oro, plata, lapislázuli y cornalina. Aplicando sobre ellas parafina caliente y telas rescató del suelo aquel lujoso rompecabezas que más tarde identificó como una especie de esclavina (fig. 25) que, pendiendo del cuello, formaba un fleco que cubría a la reina desde los hombros hasta la cintura[21]. Entre los huesos de sus manos encontró diez anillos, uno por cada dedo. Rodeando el esqueleto de la reina se amontonaban gran cantidad de recipientes valiosísimos.

La altura de la reina se calculó en 1,60 m. aproximadamente y observó que su estructura ósea era delicada, con manos y pies pequeños, y cabeza grande y estrecha. También consideró que tendría unos cuarenta años al morir y sospechó que había pasado la mayor parte de su vida arrodillada, en una postura semejante a la usada por las mujeres japonesas, aunque las imágenes de sus dos sellos (fig. 26) la representen sentada en un taburete.  

Figura 27, Sello de lapislázuli, reina Pu-Abi

El nombre y rango real de la mujer allí enterrada, Pu-Abi[22], se conoce por la lacónica inscripción uno de los dos sellos de lapislázuli encontrados en su tumba (fig. 27). Ambos, cilíndricos, representan sendas escenas cortesanas muy similares, pero uno es anepígrafo mientras que, el otro, hallado junto a su hombro derecho, tiene grafía cuneiforme y el nombre y rango de Pu-Abi escrito en lengua sumeria: Nin Pu-Abi, que se traduce por “Reina Pu-Abi”, aunque la palabra nin se traduzca igualmente como princesa o dama. 

El telegrama que el arqueólogo envió al Museo de la Universidad de Pennsylvania, el 4 de enero de 1928, escrito en latín para evitar que su noticia fuera interceptada, decía así: "encontré la tumba intacta, construida en piedra y ladrillos, de la reina Shu-Ab (Pu-Abi) adornada con un vestido de gemas, una corona de flores y, otra con figuras de animales. Tumba magnífica con joyas y recipientes de oro".

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[14] Según Woolley la mano de la arpista aparecía en posición de interpretar una melodía. El arpa estaba muy dañada, como el resto de las rescatadas en el cementerio real de Ur: su revestimiento metálico aparecía algo aplastado por la presión de la tierra, ya que las humedades habían descompuesto los armazones de madera. Afortunadamente, la pericia del arqueólogo consiguió extraer con éxito todas, incluso las taraceas de sus decoraciones, gracias a la fijación con tiras de tela y parafina.

[15] Está perfectamente documentado el conocimiento de las propiedades narcóticas del opio y su uso en Mesopotamia; por tanto, podemos conjeturar que fue una gran dosis de este tóxico lo que llevó a las víctimas de estos horrendos sacrificios a un sopor mortal.

[16] Los escasos restos de tejido encontrados junto a las mujeres eran de lana teñida de rojo.

[17]Hoy en el Museo Británico.

[18] Según R. Campbell Thompson en su diccionario de química y geología asiria, para definir con fines terapéuticos la planta completa del cannabis o alguna de sus partes, se utilizaban las siguientes palabras sumerias: azalla, saminiissati, ganzigunnu, gurgurru, harmuum y hargud.

[19] Museo de Bagdad.

[20] La copa o vaso de Pu-Abi tiene grabada en el fondo una roseta de ocho pétalos, igual a las de la peineta. Museo de Bagdad.

[21] Museo de Pennsyilvania.

[22] La primera versión del nombre fue Shu-Ab, aunque actualmente se traduzca como Pu-Abi.

 

 

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