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Absolutamente todos los esqueletos humanos tenían una copa, de mejor o peor calidad, muy ceca de él. Veinticuatro personas, a parte de Pu-Abi, se inmolaron en aquella siniestra ceremonia. El arqueólogo volvió sobre sus pasos y retomó la búsqueda en el ala derecha de la tumba.
Cuando Woolley llegó hasta el esqueleto, lo encontró, dentro de lo que pudo ser un ataúd, en po022sición de decúbito supino, y descubrió sobre su cráneo, pulverizado por el peso de la arena y los cascotes caídos del techo, un aderezo femenino (fig. 21) muy similar a los ya encontrados, aunque en este caso sobrepasaba a todos en volumen y magnificencia.
Por debajo de esta primera tiara tenía otras tres: una, compuesta por hojas de lámina de oro cuya forma recuerda mucho a las del cannabis[18];
La esposa de Woolley recompuso el espléndido tocado sobre un busto (fig. 23), componiendo una imagen muy bella que, aunque la reconstrucción hoy no se tenga por buena y se haya rehecho siguiendo los patrones estéticos mejor preservados en el resto de las mujeres[19], será por siempre la imagen representativa de la intervención arqueológica en Ur. Woolley apreció que la mujer parecía sostener aún en su mano un impresionante vaso de oro (fig. 24)[20]. Su torso estaba literalmente sepultado bajo una masa de cuentas de oro, plata, lapislázuli y cornalina. Aplicando sobre ellas parafina caliente y telas rescató del suelo aquel lujoso rompecabezas que más tarde identificó como una especie de esclavina (fig. 25) que, pendiendo del cuello, formaba un fleco que cubría a la reina desde los hombros hasta la cintura[21]. Entre los huesos de sus manos encontró diez anillos, uno por cada dedo. Rodeando el esqueleto de la reina se amontonaban gran cantidad de recipientes valiosísimos. La altura de la reina se calculó en 1,60 m. aproximadamente y observó que su estructura ósea era delicada, con manos y pies pequeños, y cabeza grande y estrecha. También consideró que tendría unos cuarenta años al morir y sospechó que había pasado la mayor parte de su vida arrodillada, en una postura semejante a la usada por las mujeres japonesas, aunque las imágenes de sus dos sellos (fig. 26) la representen sentada en un taburete.
El telegrama que el arqueólogo envió al Museo de la Universidad de Pennsylvania, el 4 de enero de 1928, escrito en latín para evitar que su noticia fuera interceptada, decía así: "encontré la tumba intacta, construida en piedra y ladrillos, de la reina Shu-Ab (Pu-Abi) adornada con un vestido de gemas, una corona de flores y, otra con figuras de animales. Tumba magnífica con joyas y recipientes de oro".
[14] Según Woolley la mano de la arpista aparecía en posición de interpretar una melodía. El arpa estaba muy dañada, como el resto de las rescatadas en el cementerio real de Ur: su revestimiento metálico aparecía algo aplastado por la presión de la tierra, ya que las humedades habían descompuesto los armazones de madera. Afortunadamente, la pericia del arqueólogo consiguió extraer con éxito todas, incluso las taraceas de sus decoraciones, gracias a la fijación con tiras de tela y parafina. [15] Está perfectamente documentado el conocimiento de las propiedades narcóticas del opio y su uso en Mesopotamia; por tanto, podemos conjeturar que fue una gran dosis de este tóxico lo que llevó a las víctimas de estos horrendos sacrificios a un sopor mortal. [16] Los escasos restos de tejido encontrados junto a las mujeres eran de lana teñida de rojo. [17]Hoy en el Museo Británico. [18] Según R. Campbell Thompson en su diccionario de química y geología asiria, para definir con fines terapéuticos la planta completa del cannabis o alguna de sus partes, se utilizaban las siguientes palabras sumerias: azalla, saminiissati, ganzigunnu, gurgurru, harmuum y hargud. [19] Museo de Bagdad. [20] La copa o vaso de Pu-Abi tiene grabada en el fondo una roseta de ocho pétalos, igual a las de la peineta. Museo de Bagdad. [21] Museo de Pennsyilvania. [22] La primera versión del nombre fue Shu-Ab, aunque actualmente se traduzca como Pu-Abi.
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