LA CIUDAD SUMERIA DE UR:

Cómo la Arqueología convirtió una cita bíblica en una realidad tangible.

 

 

 

 

Figura,8, Entierro de la PG-789

Por la disposición de los cuerpos y sus posturas, Woolley concluyó que las personas y los animales allí enterrados habían entrado vivos (fig. 8) a la tumba. Ésta también tenía su propia rampa, donde aparecían los restos óseos, deformados por la presión de la tierra que les cubría, de seis guerreros protegidos con cascos de cobre (fig. 9), armados hasta los dientes y alineados en forma de punta de lanza, cerrando la entrada al hoyo sepulcral. Inmediatamente detrás de los militares había dos carros, cada uno tirado por tres bueyes que, por aparecer mirando hacia la entrada, se supone habían girado después de pasar al recinto. Junto a los carros yacían los que fueron sus conductores. Más al nordeste, el suelo estaba casi cubierto por esqueletos humanos de ambos sexos.

 

Figura 9. Casco de soldado con fragmento de  cráneo

Figura 10. Arpa de oro

Figura 12, Lanzas de electro

Figura,13, PG 800, Planimetría

(AMPLIAR)

 

 

Colocado inmediatamente después de los carros, había un grupo de mujeres espléndidamente enjoyadas, con la excepción hecha de un músico que todavía portaba sobre su pecho un arpa (fig. 10) enriquecida con una cabeza de toro de oro y lapislázuli y un frontal (fig. 11) taraceado con escenas mitológicas, realizadas en nácar y betún.

Detrás de las damas se apilaban tres montones de lanzas (fig. 12), entre ellas una de parada militar, de mayor tamaño y hecha con electro. Otras mujeres, igualmente adornadas, se alineaban contra la pared noroeste componiendo una fila descrita por Woolley como "el adorno más rico de cuantos había en la fosa", debido a los tocados que conservaban en sus cabezas[9]. Enfrente de las damas encontró doce cuerpos masculinos, que seguramente habían sido los criados de su confianza, más cuatro hombres armados protegiendo la entrada a la cámara abovedada en calidad de guardia personal del rey[10]. La identificación del género de los restos humanos se basó en los atavíos que adornaban los restos óseos[11].

Por ser la primera vez que aparecía en Mesopotamia una matanza ritual de aquellas características, Woolley no contaba con paralelos para interpretar aquel espantoso hallazgo; aún así, y como buen arqueólogo, llegó a una conclusión lógica: menos el rey, muerto con antelación y los bueyes sacrificados en el momento inmediatamente anterior de ser sepultados, el resto de los integrantes de la tumba se habían entregado a un plácido y voluntario suicidio colectivo para acompañar a su señor en la vida eterna. En total había cincuenta personas muertas.

Figura 11, Detalle del lateral del arpa

Un poco frustrado por no llegar a ver cara a cara a un rey sumerio, Woolley siguió su trabajo en la primera rampa descubierta, que se hundía bajo la PG 789.

Aquella rampa guardada por cinco guerreros daba paso a otro sepulcro, ésta vez inviolado, y posiblemente relacionado cronológicamente con el PG 789. La nueva tumba encontrada se catalogó como PG 800 (fig. 13).

El arqueólogo, al limpiar de la arena protectora la rampa, volvió a ver los conocidos restos de los cinco soldados reclinados sobre una gran estera, junto con sus dagas de cobre y unas misteriosas tazas de arcilla.

Pronto llegó al fondo original de la tumba, también cubierto de esteras[12]. Pasada la rampa, encontró los restos de una narria (fig. 14) de madera descompuesta[13], adornada con cabezas de león de plata con incrustaciones de lapislázuli y de madreperla, y el pasarriendas (fig. 15) realizado en electro y cobre.

El trineo había sido arrastrado por dos onagros, cuyos esqueletos seguían todavía en su puesto. Junto a los animales reposaban los cuerpos de seis hombres.

 

 

Figura 14,  Narria

Figura 15, Pasarriendas, Museo Británico

   
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[9] La calidad de los aderezos femeninos nos lleva a pensar que, en aquel momento, la riqueza de Ur era extraordinaria.

[10] El sello cilíndrico que lleva el nombre de “A-bar-gi, rey”, dio un posible nombre para el dueño de esta tumba.

[11] Los huesos hallados en las tumbas reales de Ur se desecharon, salvo en los casos de algunos cráneos aplastados, que se conservaron por formar un bloque con sus correspondientes coronas o cascos militares.

[12] De estas esteras, como del resto de las encontradas en el cementerio de Ur, sólo quedaba una capa de polvo blanquecino y, en la tierra que estaba debajo, la impronta del tejido.

[13] Ninguno de los objetos de madera que fueron enterrados en aquella necrópolis resistió el paso del tiempo.

 

 

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