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LA CIUDAD
SUMERIA DE UR:
Cómo la Arqueología convirtió una cita bíblica en una
realidad tangible.

Fue durante los años
1927-1928, dos meses después de empezar el trabajo cuando se produjo el
descubrimiento más espectacular, a la vez que aterrador: fue la llamada por
sus descubridores "Fosa del Rey".
(fig. 4)
El terrible hallazgo,
que se encontraba a 8,35 m. de profundidad (fig. 5), comenzó mostrando los
esqueletos de cinco soldados con largas lanzas, que aparecían tumbados en
una rampa descendente que se adentraba bajo la tierra.
Curiosamente, los
militares, que se apretaban unos contra otros, conservaban su postura
marcial en un alineamiento bien estudiado, pero algo que Woolley
comprendería más adelante, entonces no encajaba: junto a cada uno de ellos
había un recipiente de cerámica que se podía considerar una copa o un vaso.
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Woolley y Lawrence en Carchemish en 1912

Figura 4,
Fosa del Rey
(AMPLIAR) |
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Figura5,
Excavación del Cementerio de Ur |
Se abrieron
nuevos sondeos en las proximidades y, en un nivel ligeramente
superior, empezaron a aparecer abundantes esqueletos mezclados
con diversos objetos de imprevista variedad, riqueza y
delicadeza.
Al arqueólogo
no le cupo duda de que todo aquel galimatías pertenecía a una
inhumación colectiva y catalogó el hallazgo como PG 789.
Cuando la tumba se
limpió de escombros y arena, se midió y se dibujó
cuidadosamente, comprobaron que la rampa con los cinco soldados
encontrada en un principio no correspondía a aquel
enterramiento, dejándola reservada para una siguiente
intervención en el terreno. Salvando este escollo, al fin se
podía hacer balance de los restos que albergaba el foso de 10x5
m. y del insólito ritual que allí se había practicado: |
Los sumerios habían abierto en la tierra un agujero de varios metros de
profundidad, consiguiendo un suelo horizontal, con paredes aplomadas, al
que se accedía únicamente por medio de una rampa de tres metros sesenta
centímetros de largo, que en un principio les había servido para la
evacuación de tierras.
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En el rincón
noroeste del foso se hallaba un compartimiento rectangular de 4
metros de largo por 1,80 de ancho, hecho de mampostería con
piedra arenisca
y barro, enlucido por dentro y por fuera, en cuyo muro sureste
se abría una puerta rematada con ladrillos de barro cocido. En
su día tuvo un techo abovedado, también de ladrillos, pero en
aquellos momentos aparecía hundido y sólo albergaba un revuelto
de unos pocos huesos y utensilios de poco valor, puesto que la
cámara había sido saqueada en la antigüedad, aunque entre los
artefactos desechados por los ladrones quedaron un par de
barcos, uno de plata (fig. 6) y otro de betún (fig. 7), que con
el arpa, está hoy en el Museo de Bagdad. El resto de la fosa se
había tapizado con esteras y no parecía profanado. También las
paredes conservaban huellas del mismo revestimiento, aunque
Woolley no especificara hasta qué altura fueron revestidas. En
el suelo se veía brillar el oro por doquier. A los ojos de los
arqueólogos todo era sorprendente pero, en su aspecto más
macabro, la tumba no tenía precedentes, ya que las joyas allí
albergadas seguían adornando los múltiples esqueletos de sus
dueñas, muertas 4500 años atrás. |

Figura 6, Barco de
plata |
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Figura 7, Barco de
betún |
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