EL SANTUARIO DE APOLO EN DELFOS: EDIFICIOS EN TORNO AL TEMPLO

 

 

 

El primer edificio que aparece es el Bouleuterion arcaico, sede del senado délfico, según Pausanias, en este edificio se sentaba a profetizar Erofiles, la primera sibila délfica. Junto a esta asamblea se situaba el santuario dedicado a Gea, madre de la serpiente Pitón, y a Themis, su hija, la justicia. 

Varios monumentos arcaicos, entre ellos parte del templo de Gea, fueron destruidos por la ampliación de los alcmónidas en el s. IV a.C., que construyeron un gran muro poligonal a modo de terraza. Delante del muro, sobre una roca se levantaba una conocida columna rematada por la famosa esfinge de Naxos.

 

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PRECEDENTES:

ARQUITECTURA

 

 

GRECIA CLÁSICA

 

  

 

Plano del Santuario de

Apolo, en Delfos.

(AMPLIAR)

 

Esfinge de Naxos

 

 

 

 

 

 

 

 

Contra el muro se levantó un pórtico jónico erigido por los atenienses, para exponer los botines obtenidos de los enemigos. Si traducimos hopla y acrótera como amarras y mascarones, es posible que allí fueran expuestos los trofeos de la batalla naval de Salamina o la posterior de Micala.

El pórtico da entrada a un gran espacio abierto denominado Halos, destinado a una representación anual: la muerte de Pitón a manos de Apolo.

 Dando la vuelta a la Vía Sacra nos encontramos ante el templo de Apolo.

El edificio más importante del santuario, como es evidente, era el templo dedicado a Apolo, donde bajo su cella, existía una sala subterránea, donde, la pitia, tomaba asiento en el trípode, y bajo las emanaciones de la grieta, abierta en esta dependencia, entraba en trance. Pese a los años de excavaciones, la situación de estas salas proféticas no estas están identificadas con toda seguridad.

Detalle del muro poligonal, Delfos

Los restos que podemos contemplar en la actualidad pertenecen, en su mayor parte, a la reconstrucción del s. VI a.C. Según Pausanias el primer templo de Apolo fue una cabaña de  ramas de laurel, después se edificó otro edificio  cuyos materiales eran la cera y las plumas, asemejándose a una colmena, quizá porque respondiera a una forma circular. Después se edifico una estructura de bronce, realizada por Hefaistos, según el mito. Todas estas estructuras deberían ponerse en relación con las construcciones de la Edad Oscura, en esencia serían reproducciones de las viviendas cotidianas, mitificadas por la leyenda. Los primeros atisbos de realidad comienzan con la aparición de los nombres de dos arquitectos míticos Trofonio y Agamades. A esta edificación pueden responder una serie de losas y restos de columnas que podían pertenecer a un edificio destruido por un incendio descrito por Herodoto.

Templo de Apolo

Olvidándonos de esta serie de edificios míticos, al templo de Trofonio y Agamades le sustituyó un templo sufragado por la poderosa familia de Pisistrato, ayudado por las aportaciones de varias poleis.

Este primer templo real, se realizó bajo los cánones del orden dórico, con seis columnas en los lados menores y quince en los lados mayores.

La mayor parte del material fue piedra caliza, sin embargo, su fachada principal se ejecutó en mármol de Paros. 

Se  ha hallado varias esculturas  del frontón oriental, que representaba la llegada triunfal de Apolo a Delfos, con la cuadriga del dios en el centro de la escena.

Existen otros restos que podrían relatar una Gigantomaquia, que se suele atribuir, con muchas dudas a Antenor, escultor  ateniense de la famosa koré.

El templo del s. VI a.C., fue inaugurado en el 330 a.C.  Y fue obra del arquitecto Espitanos de Corinto continuado por Agatón, y era muy similar al templo anterior, con un tamaño de 23,80 m por 60,30 m., prácticamente las mismas dimensiones del templo dórico, períptero, con seis columnas en los frentes y quince en los lados. Es posible que contara con una doble cella entre la pronaos y el opistódomos. No ha quedado nada de las esculturas de los frontones que eran obra de Praxias y de Androstenes, con la representación del la llegada de Apolo a Delfos en el lado este, el principal y Dionisios y las ménades en el oeste. Ante el templo se alzaba un gran altar, parcialmente reconstruido.

La funcionalidad de este edificio estaba relacionada, como todo el santuario, con la consulta del oráculo, con lo cual no se entiende el edificio sino se explica el ritual, para el que fue edificado. La persona que deseaba consultar el oráculo de Delfos debía, como primer acto, ofrecer una ofrenda delante de la portada del templo, generalmente una torta de cereales y miel, el denominado pélanos. Con esta acción el hombre pretendía ser grato al dios y conseguir el acceso al templo. En tiempos más avanzados esa sencilla ofrenda sería sustituida por el cobro de una cantidad en metálico, que repercutía en las arcas del santuario. 

Había de ser, luego, examinada con todo lujo de detalles la víctima que se presentaba para el sacrificio, generalmente una cabra. Ciertos movimientos realizados por la hipotética víctima o imperfecciones de su cuerpo podían delatar con toda claridad que el sacrificio no sería bien recibido por Apolo, en cuyo caso se debía desistir del procedimiento. De no ser así se producía el sacrificio del animal ofrecido, lo que permitía, al fin, el acceso del consultante al interior profundo del templo, el denominado ádyton, en donde estaba la Pitia y sus ayudantes.

Era esta una mujer de Delfos, doncella en los primeros tiempos y mayor de cincuenta años en fases más avanzadas, que se caracterizaba por ser sensible a la inspiración divina. Se nombraba para el cargo de por vida y tenía la especial responsabilidad de recibir los divinos mensajes.  Tras la entrega de una última ofrenda que se depositaba en la mesa sagrada situada en el ádyton, la Pitia se sentaba en el trípode, que antes había sido colocado sobre la grieta del terreno que producía las sagradas emanaciones.

Vista general del Templo de Apolo

Inspirada tanto por una rama de laurel, cuyas hojas quizás masticaba, como por los vapores divinos, la Pitia entraba en un trance de delirio, en el que era poseída por Apolo, produciendo confusos movimientos de su cuerpo así como frases ambiguas que luego habían de ser debidamente interpretadas por los profetas o sacerdotes del templo.

Sibila de Delfos, Miguel Angel

Esa ambigüedad de los mensajes divinos suponía, lógicamente, que de no ser cumplido lo que el mensaje preveía la causa se debería a la torpeza del consultante, que, sin duda, no había asimilado correctamente el consejo del dios.

En todo caso, el oráculo satisfacía una necesidad sentida por los humanos, que dominados por una naturaleza cuyo aspecto irracional no podían comprender necesitaban conocer si los dioses apoyaban o no los actos que iban a realizar.

Tras la respuesta del oráculo el hombre se sentía liberado de una inmensa responsabilidad. Otra cosa es que, posteriormente, la predicción se cumpliera o no, máxime si caso de ser incumplida podía ello ser achacado a que el hombre no había asimilado adecuadamente las instrucciones recibidas.

La  terraza donde se alzaba el templo estaba repleta de ofrendas tales como lilares con esculturas como la de Perseo, ultimo rey de Macedonia, o la estatua ecuestre de Eumenes II de Pérgamo. Estaba la estatua colosal de Apolo Siltakas, el protector del grano. Existían varias bases sobre las cuales se elevaban trípodes realizados en materiales preciosos, oro y plata, el mas famoso el gran trípode de oro donado por la confederación de griegos tras la derrota de los persas en Platea, que se conserva en Constantinopla trasladado por el emperador Constantino para adornar el hipódromo.  Tres dolas de serpientes formaban sus patas, las cabezas de los animales sostenían la jofaina de oro macizo. Según la tradición alcanzaba los ocho metros de altura, el diámetro de la jofaina era de tres metros. Este trípode cerraba el espacio denominado el cuadrivio de los trípodes.

Otro de los monumentos legendarios era la denominada cuadriga del sol, de oro o quizá de bronce dorado, obre de Lisipo, identificados, por algunos autores,  con los caballos que se encuentran frente a San Marcos, en Venecia. También se debería mencionar el gran pórtico de Atalo I, que los romanos transformaron en una presa de agua para unas termas cercanas.

 

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