AMAIA Y EL VIENTO CANTARÍN

El Viento Cantarín acababa de depositar delicadamente a Roque sobre su toalla de baño, dispuesto a convertirse en un torbellino ascendente para llegar rápidamente a su casa, en la estrella Sirio.

Hacía el viaje de vuelta feliz porque había conseguido que se conocieran dos niños que, aparentemente, debieran haber estado separados siempre por el tiempo y la distancia: Roque, de la España actual, y Tut, del antiguo Egipto.

 

Estaba contento, muy contento. Pero, de pronto, pensó que en el planeta Tierra podía haber más niños con ganas de vivir aventuras. Entonces, comenzó a frenar su velocidad y cambiar el rumbo para iniciar su búsqueda, descendiendo lentamente para mirar por las ventanas de los edificios o enroscarse alrededor de los árboles de los parques de la ciudad de Madrid, que es la capital de España. Junto al río Manzanares descubrió a una niña, sentada a la mesa, que lloraba porque no quería comer.

 

    

La verdad es que Amaia tenía un hambre canina y la comida que le ofrecía su mamá tenía una pinta fenomenal, pero ¡¡es que todo estaba del revés desde que había nacido su hermana Oria!! Si tenía hambre, no quería comer; si se le cerraban los ojos por el sueño, quería jugar; si tenía que vestirse para ir al "cole" se le quedaban los brazos colgando y no era capaz de ponerse la ropa, etcétera. En fin, que no entendía nada de lo que le pasaba desde aquel día que papá y mamá trajeron a su hermana a casa.

 

El Viento Cantarín lo comprendió todo sólo con mirarla: Amaia necesitaba ser protagonista de una aventura inolvidable. En aquella casa de Avenida del Manzanares, acababa de encontrar a una de las dos personitas que vivirían la maravillosa fantasía de conocerse a través del tiempo.

Al Viento Cantarín sólo le faltaba localizar a la segunda. Ascendió para coger velocidad sin causar daños y se puso a girar con fuerza en dirección contraria, hacia el pasado. Al ver desde las alturas una gran ciudad, frenó su marcha y bajó al ras del suelo para repetir la búsqueda. No tardó en ver a Mauriola (pincha aquí), con una preciosa muñeca en la mano (pincha aquí), pero aburrida porque no tenía con quien compartir sus juegos.

 

Con la velocidad de un ciclón, el Viento Cantarín volvió a Madrid y esperó a que Amaia se acostara para dormir la siesta. En cuanto la niña cerró los ojos, se coló por la ventana y la envolvió con sus suaves giros, mientras entonaba la dulce canción que sólo él era capaz de cantar. Amaia suspiró y, escuchando lo que le parecía una nana, creyó soñar cuando el Viento la levantó de la cama y se la llevó por los aires. Volaban hacia la casa de Mauriola, que vivía en Augusta Emerita (pincha aqui), una ciudad hecha por los romanos, que ahora se llama Mérida.

Entonando su melodía preferida, el Viento le preguntó a Amaia:

¿Recuerdas aquella vez que tus padres te llevaron de viaje a Mérida? (si quieres saben mas sobre Mérida, pincha aqui)

Si, fue antes de venir Oria a casa... –contestó nostálgica.

Bueno, deja de pensar en Oria. Verás, en Mérida vive una niña que se aburre mucho porque no tiene con quién jugar y, ahora, vamos hacia su casa.

 

 

¿Es mi amiga? – preguntó interesándose por el asunto que le proponía el Viento.

No. No la conoces todavía, pero seréis amigas si tú quieres.

 

Había dicho el Viento, tratando de ganar el interés de Amaia, pero como ella era imprevisible, replico:

¿Pero bueno? Yo no sé cómo te llamas... ¡Y tampoco sé si eres mi amigo. ¡¡Ni si estoy dormida o despierta!!.

 El Viento Cantarín quedó muy sorprendido por la reacción de Amaia. Aquella niña parecía estar realmente enfadada con él, así que no le quedaba más remedio que darle alguna explicación.

 

Yo soy El Viento Cantarín, amigo de todos los niños del Mundo, y he venido desde muy lejos para ayudarte. Verás, como el viento no se puede ver ni tocar, para hablar contigo he tenido que esperar el momento mágico que separa el sueño de la realidad. Ahora, simplemente, estás soñando despierta.

Vale, Viento. Llévame donde dices.

El Viento cerró con suavidad sus espirales abrazando a la niña para realizar el viaje. Tenía que recorrer muchos kilómetros, pero lo más difícil era atravesar el tiempo, retrocediendo los dos mil años que separaban a Amaia de Mauriola.

Mauriola seguía sentada a la sombra de la gigantesca parra del huerto de su casa, cuando oyó a sus espaldas una especie de murmullo que la hizo volverse con curiosidad. Sus negros ojos se abrieron como dos platos al ver allí a Amaia, que la observaba tímidamente.

¿Quién eres? –le preguntó Mauriola.

Amaia –contestó la niña madrileña.

No te conozco y no sé que haces en mi huerto... –comentó Mauriola, un poco adusta.

Yo tampoco sé quién eres. Nunca te he visto en el "cole", ni jugando en el parque –respondió Amaia en el mismo tono.

No voy al "cole", a mí me enseña a escribir mi hermano mayor, y tampoco voy al parque, porque dicen que las niñas ricas deben jugar en su casa –aclaró Mauriola sin cambiar de actitud-, pero eres tú la que ha venido a mi huerto. ¿Quién te ha dejado entrar?

Creo que me ha traído un viento... o ¿no? Me gustaría poder aclarate esto, pero desde que nació Oria no sé qué me pasa, porque todo lo hago al revés. Hace un momento estaba acostada en mi camita y ahora estoy aquí. Y, ¡¡no sé por qué...!! –exclamó la madrileña, confusa y enfadada.

 Mauriola la miró con interés. En verdad que era una niña rara aquella intrusa, sin embargo, por su sinceridad, empezaba a caerle bien.

 ¡Qué cosas...! –dijo, por todo comentario-. Bueno, la verdad es que a mí me da igual quién te haya traído –comentó Mauriola- ¿Quieres jugar conmigo?

No sé cómo te llamas, niña –murmuró Amaia, con cierta timidez.

¡Ah!¡ Mauriola!

 Qué nombre más raro -pensó Amaia, a la vez que decía-. Ninguna de mis amigas se llama así.

Sí. Es que no hay otra como yo –respondió muy orgullosa- Mi nombre quiere decir “La Morita”, porque soy morena y tengo el pelo negro y rizado como mi padre.

 

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1.- Mauriola existió en la realidad, y fue una niña emeritense de una familia muy importante: los Voconios. Estuvo enterrada en el panteón familiar, junto con sus padres y su hermano, y en él aparece su nombre.

 

2.- Las muñecas de marfil de las niñas romanas eran un lujo que pocos padres podían permitirse. En una tumba infantil de la necrópolis de las Eras, del pueblo de Ontur, Albacete (España), se hallaron cinco de estas muñecas: cuatro de marfil y una de ámbar. El descubrimiento es excepcional por el alto número de ejemplares encontrados y por la originalidad de la pieza de ámbar, y aunque estos juguetes no tuvieran nada que ver con Mauriola, nos hemos servido de ellos para ambientar el relato.

Se calcula que su dueña jugó con estas muñecas entre el siglo III o IV después de Cristo y, si pasáis por Albacete, no dejéis de visitar su Museo Arqueológico, que es donde se exponen.

Otra muñeca romana, preciosa, es la que se guarda en el Museu Aqueológic de Tarragona, que también se encontró enterrada junto a su amita, que tenía cinco o seis años al morir. Como la muñeca tenía un hilillo de oro pegado en su costado, los arqueólogos suponen estuvo vestida con el mismo lujo que su dueña.

 

3.- La ciudad de Augusta Emerita (hoy Mérida) debe la primera parte de su nombre al emperador Augusto, quien la fundó en el año 25 antes de Cristo. La segunda la tomó de los hombres a quienes estaba dedicada: los eméritos o merecedores, ya que se hizo para premiar a los soldados vencedores en las guerras cántabras.

Fue capital de la Lusitania y, a imitación de Roma, ofreció a habitantes el lujo y las comodidades más modernas de su época. Su población está calculada entre 35.000 y 40.000 habitantes.

 

 

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