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LA EVOLUCIÓN DEL CARRO LIGERO DE COMBATE A TRAVÉS DE LAS IMÁGENES.
Cerrando lentamente el largo proceso nómada de la Humanidad cazadora-recolectora el comienzo del Periodo Neolítico nos asombra con sus logros.
Salvo el caso del perro, compañero del hombre al menos desde el 15.000 a.C., y seguramente unidos por intereses mutuos más que por un sometimiento impuesto por la inteligencia humana, fue entre el décimo y el noveno milenio a.C., y en varios puntos de la zona oeste del Creciente Fértil a la vez, donde parece ser que se consiguieron los primeros logros importantes en la domesticación. Una empresa que incluyó el cultivo de ciertos cereales y algunas leguminosas (con su consecuente siembra, crecimiento, cosecha y posterior almacenamiento de excedentes), así como a docilitar animales salvajes: la oveja, la cabra, el cerdo y la vaca[2]. Estas comunidades agropecuarias, poco numerosas en sus comienzos, aumentaron demográficamente debido la abundancia de los alimentos que producían y, lo que en un principio fueron campamentos estables, se fueron convirtiendo en aldeas hacia el 8.000 a.C. Dos conocidos ejemplos son Jericó, en Palestina, Çatal Hüyük, en Anatólia y, si las investigaciones confirman una noticia de última hora sobre el hallazgo de una ciudad sumergida en el Golfo de Cambay (India), habrá que incluirla también entre las más antiguas, pues se fecha provisionalmente en 7.500 a.C[3]. Algo más de dos milenios después, en Mesopotamia se datan las fundaciones de Tell Halaf (5.250 a.C), de Eridú (5.000 a.C.), de Tell el-Obeid (4.800 a.C.) y hacia el tercer milenio antes de Cristo las de Kish, Erech, Ur, Sippar, Akshak, Larak, Nippur, Adab, Umma, Lagash, Bad-tibira, y Larsa. Ocho mil años necesitó la Humanidad para dar el salto gigantesco que la separaba el eventual sistema de supervivencia que supone la caza y la recolección, como único medio de vida, hasta llegar a una civilización tan plena y rica como la que floreció en Sumer, a orillas de los ríos Éufrates y Tigris. Sin embargo, se sabe muy poco de los pueblos que la hicieron posible. Está bastante aceptado que los habitantes de la zona norte de la civilizada mesopotámica fueran semitas[4], aunque, en contra, también se especule con que se trataba de un grupo no semítico, ni de leguaje sumerio[5]. Por tanto, de los primeros pobladores del sur de Mesopotamia no se sabe casi nada, pero parece ser que los hoy denominados obadianos[6] se instalaron cerca de la desembocadura del Éufrates, mezclándose con unos aborígenes e imponiéndoles su lengua, para iniciar, hacia el 3.300 a.C., una andadura conjunta que abocaría en la civilización sumeria. Hacia la mitad del III milenio a.C., un pueblo de origen tan desconocido como el creador de Sumer dio lugar a la cultura del valle del Indo, cuyos mejores exponentes son las sorprendentes ciudades de Harappa (2.500 a.C.) y Mohenjo Daro (2.300 a.C.). En la misma época, a Anatolia también llegó un grupo emigrante, este ario, que sometió por la fuerza a la población anterior: los protohititas. Menos de tres siglos necesitaron los semitas mesopotámicos para demostrar su empuje bélico. Sargón I (2.334-2.279 a.C.), tras dar un golpe de estado en Kish, comenzó una conquista que extendió sus fronteras en dirección oeste y noroeste. Tras el éxito conseguido, y bien afianzado en su poder, por fin sometió a Sumer, fundando el Imperio Acadio. En este momento, la guerra entre imperios se convierte en una tremenda realidad y atrás quedarán para siempre las simples escaramuzas fronterizas entre las ciudades-estado. Desde entonces, los esfuerzos humanos que antes se habían encaminado a mejorar el abastecimiento, al técnica, la higiene, la instrucción, las artes y el civismo en aquellas primeras concentraciones urbanas, tienen que transformarse para crear y mantener ejércitos bien pertrechados con armas cada vez más sofisticadas. LA RUEDA. DE AVANCE SOCIAL A INSTRUMENTO DE GUERRA. Se considera que la rueda maciza, hecha con planchas de madera ensambladas, se descubrió en Sumer hacia el 3.200 a.C. Su origen pudo derivar de la observación del giro de troncos que, bajo grandes pesos, facilitaban el transporte.
Estas rodadas demuestran la organización cívica alcanzada por aquella gente y pone de manifiesto que la dimensión de los ejes de las carretas tenía que ajustarse forzosamente a una medida normalizada, pues lo contrario hubiera propiciado el vuelco de las carretas, convirtiendo una costosa obra pública en un perjuicio social. Exclusivo del ámbito sumerio, hacia el 2.800 a.C. el invento de la carreta dio origen a un carro de combate de cuatro ruedas, que fue tan valioso en el campo de batalla como útil a la hora de mostrar la riqueza o el poder de sus dueños, como atestiguan los ajuares de las tumbas reales de Ur construidas hace unos 4.300 años. En uno de estos fastuosos enterramientos, además de encontrase los carros ceremoniales que participaron en el cortejo fúnebre, apareció el conocido Estandarte taraceado que representa las actividades públicas de un rey.
En el Estandarte de Ur quedó bien reflejada la doble finalidad de herramienta de guerra y ostentación de poder que tuvo el carro de combate desde sus comienzos. A partir de este diseño sumerio de pesado carro militar de cuatro ruedas, lo que terminaría siendo el carro ligero de combate adquirió mejoras locales según las necesidades o la creatividad de cada una de las ciudades-estado que lo fueron copiando.
En la impronta de un sello, también del tiempo del rey Mesilim (Fig. 7), se observa una innovación muy curiosa en las ruedas, que si bien siguen siendo de disco, presentan una especie de llanta o corona de grapas, con muchas posibilidades de ser metálicas, y probablemente destinadas a asegurar su agarre al suelo y potenciar la velocidad del carro.
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